Si el mundo griego había dado lugar a la civilización helénica, el romano aportaría a la Historia la civilización latina, que continuó con la labor de la anterior.
La ciudad de Roma fue fundada según la tradición (Ab urbe condita) por Rómulo y Remo en 753, lo que supondría el comienzo de su cronología. El lugar en el que se ubicó, el Lacio, había albergado durante los comienzos del primer milenio la cultura del hierro de Vilanova. A partir del 900, y tras la inmigración de los etruscos, pudo heredar la influencia cultural de estos. Al sur, los griegos de la Magna Grecia, se habían asentado en colonias en Italia meridional y en Sicilia hacia 750, desde donde también ejercieron un influjo muy beneficioso sobre Roma.
Durante el período de la monarquía (753-509 a.C), los etruscos dominaron Roma. Su herencia se dejó sentir en política, sociedad, administración, economía, cultura, arte, religión, instituciones, etc. Es en esta época de los siete reyes legendarios y del dominio de la familia de los tarquinos sobre la ciudad, cuando se creó el calendario, el alfabeto, la moneda, los templos y la red de cloacas. Pero Roma no dejaba de ser una ciudad sometida a los etruscos hasta que en 509, una rebelión contra Tarquino el Soberbio puso fin a la monarquía.
La República (509-27 a.C) fue el nuevo régimen en el que se inició inmediatamente una reestructuración y reorganización del sistema de la administración del Estado, creándose instituciones como el Senado, que era un consejo de 300 a 600 miembros de la nobleza; la asamblea popular de la plebe, compuesta por los comicios curiatos, tributos y centuriatos; y las magistraturas, o cuerpo de funcionarios administrativos. Las más importantes fueron:
- los cónsules, que ejercían como dictadores dirigiendo militarmente el ejército; pretores, que impartían la administración de justicia;
- censores, que vigilaban las costumbres;
- ediles, encargados de la policía y de las obras públicas;
- cuestores, que administraban la Hacienda pública.
- Otros cargos secundarios eran los tribunos de la plebe y los ediles plebeyos.
Para organizar esta compleja administración se desarrolló el Derecho y la jurisprudencia, de esta forma, la Lex romana tendría una gran influencia histórica. Para resolver los conflictos entre patricios y plebeyos se creó una legislación específica: la Ley de las Doce Tablas en el siglo V y las leyes Licinio-Sextias en el IV. Esto se debía a que la sociedad romana estaba muy dividida entre patricios, que componían la oligarquía, y plebeyos o pueblo llano, lo que fomentaba el patronazgo y el clientelismo entre las gens. Los esclavos, por el contrario, carecían totalmente de derechos.
Hasta el siglo V, Roma solo había controlado una pequeña parte del Lacio, la región en torno a la ciudad, pero desde el IV, inició una política expansiva que la llevó a convertirse en la primera potencia mundial. Esta comenzó tras el saqueo de Roma por los celtas en 387, a consecuencia de ello se creó la legión romana como nueva forma de organización del ejército, que demostró su eficacia en las guerras contra latinos, etruscos y galos celtas. A partir de 350, Roma se hizo con el control de la parte central de la península italiana tras tres guerras contra los samnitas, pese a la humillación de las Horcas Caudinas, y contra los latinos, lo que supuso la derrota y desaparición definitiva del poderío etrusco. Roma creó a la vez una amplia red de calzadas que facilitase el desplazamiento de las legiones, como la Vía Appia.
Esto fue una acertada decisión, pues le permitió controlar rápidamente el sur y el norte de Italia entre 298 y 264 con la victoria del Sentino derrotando a una coalición de samnitas, etruscos y galos. Las guerras contra Tarento le permitieron ocupar la Magna Grecia al sur, a pesar de las victorias “pírricas” de Pirro para los griegos, ya que fue finalmente derrotado en Benevento. La expansión alcanzó un mayor grado durante las guerras púnicas contra los cartagineses (264-146).
La hegemonía militar comenzó con la primera (264-241) y la victoria en la batalla naval de Mila, ocupando las islas del Tirreno.
En la segunda (218-201), a pesar de la derrota de Cannas frente a Aníbal (216), obtuvo la victoria final en Hispania y en la batalla de Zama (202).
La tercera (149-146) implicó la destrucción de Cartago y la ocupación del norte de África.
Paralelamente a este proceso se estaba produciendo el control de Grecia entre 200 y 146, con ello Roma asimilaba la superior cultura griega. Las batallas de Cinocéfalos y Magnesia contra Antioco III y la de Pidna contra Macedonia, concluyeron con la paz de Apamea (188). Un intento de rebelión de Corinto supuso su destrucción y acabó definitivamente con la libertad griega en 146.
Se produjo entonces la síntesis de la cultura grecorromana, simbolizada con la llegada del historiador griego Polibio al círculo de los Escipiones. En literatura destacan Plauto, Terencio, Ennio o Catón el Censor.
El crecimiento económico, unido al mal reparto de la riqueza, generó grandes desequilibrios sociales, por lo que entre 133 y 121 surgió un movimiento de reforma agraria y social para acabar con esta situación dirigido por los hermanos Graco, que sin embargo fracasó. La lamentable situación de los esclavos provocó también su levantamiento dos veces, entre 136 y 132 dirigidos por Euno, y la mayor rebelión de todas, la que entre 73 y 71 lideró Espartaco, siendo ambas duramente reprimidas. Eso no impidió que la República siguiera con su política militar expansiva y defensiva, cuando fue necesario. Así, cuando los Cimbrios y Teutones invadieron su territorio (113-101) fueron derrotados en Aquae Sixtiae. Otras guerras fueron contra Yugurta en Numidia (111-105), la guerra Social contra el levantamiento itálico (91-89) y las cuatro guerras contra Mitrídates del Ponto (88-64).
En esta época comenzaron las guerras civiles: la de Mario contra Sila (88-78) quien triunfó en Porta Colina, fue seguida por la de Julio César contra Pompeyo, al que derrotó entre 49 y 46 en Farsalia, Tapso y Munda. Para acabar con ellas se intentó llegar a un acuerdo entre los bandos enfrentados con la formación de triunviratos, el primero entre César, Pompeyo y Craso 60-49), y el segundo entre Octaviano, Marco Antonio y Lépido (43-32), pero ambos fracasaron.
En medio de este enfrentamiento, Julio César (60–44) continuó la expansión con la conquista de Asia Menor tras la rápida victoria en Zela en 47, (“Vini, Vidi, Vinci”), la de Siria y Judea, que había comenzado Pompeyo, las Galias (58-51), Egipto (48-47) e Hispania en 45, un año antes de su asesinato.
La cultura brilló al final de la Republica con Cicerón en la oratoria y su obra “Las Catilinarias”, Salustio y “La conjuración de Catilina”, Lucrecio con “De rerum natura”, Cátulo con sus “Epigramas” y Julio César con “La guerra de las Galias”.
Con Augusto se inicia el principado o Imperio. En el Alto Imperio, que va desde el 27 a. C. hasta el 192 d. C., es cuando Roma alcanza su máximo apogeo. Augusto, sobrino de César, llega al poder tras derrotar a Marco Antonio y a la reina egipcia Cleopatra en la batalla naval de Actium (31), esto le permitió convertir a Egipto en provincia romana. A continuación el Senado le otorgó el título de emperador en 27 a. C. Tras una primera etapa de expansionismo territorial en la que se ocupó Retia, Noria, Panonia, Iliria, parte de Germania (pese a la derrota de Varo en la Selva de Teotoburgo en 9 d. C.), Moesia, Galacia, Capadocia, Mauretania e Hispania, donde finalizó la conquista tras las guerras cántabras, Cesar Augusto decretó la Pax Romana.
Este floreciente reinado no solo lo fue desde un punto de vista político y militar, sino también cultural, pues en el tuvo lugar la llamada “Edad de Oro” de la cultura romana con Virgilio, autor de “la Eneida”, Horacio de las “Églogas”, Ovidio con la “Metamorfosis” y el “Ars Amandi”, Tito Livio el historiador de “Ab urbe condita”, o M. A. Séneca con las “Controversias”.
Los sucesores de Augusto forman la dinastía Julio-Claudia que reinó entre 14 y 68 (Desde este momento, todas las fechas son después de Cristo). En ella se experimentó un nuevo crecimiento territorial, económico y cultural con Tiberio (14-37) que guerreó contra los germanos, Calígula (37-41) que sufrió la “locura cesarea”, Claudio (41-54), que ocupó Britania y Tracia, y Nerón (54-68), que incorporó Armenia, pero cuyas decisiones provocaron la guerra entre los cuatro emperadores (68-69) para sucederle en el trono.
Es la etapa de la “Edad de Plata” de la cultura con L. A. Séneca, autor de “De brevitae vitae”, Plinio y su “Historia Natural”, Tácito y sus “Anales” históricos, Flavio Josefo que escribió “Antigüedades judías”, Lucano autor de “Farsalia”, Marcial y sus “Epigramas”, Pomponio Mela y la “Geografía Latina”, Columela con “De re rústica” y Petronio, autor del “Satyricón”.
La dinastía Flavia reinó del 68 al 96 siendo el primer emperador Vespasiano (69-79), que derrotó a los judíos destruyendo Jerusalén. Le sucedieron sus hijos Tito (79-81) que acabó el Coliseo y Domiciano (81-96) que inició la construcción del Limes defensivo. A su muerte, subió al poder la dinastía de los Antoninos, que modificaron el principio hereditario por la elección de “el mejor”, así Nerva (96-98) escogió a Trajano como su sucesor. Durante su reinado (98-117), el Imperio alcanzó su máxima expansión territorial al conquistar Dacia y Mesopotamia a los persas y convertir al Mediterráneo en el Mare Nostrum romano.
El apogeo se alcanzó durante el siglo II, aunque Adriano (117-138) devolvió Mesopotamia a los persas, y tuvo que aplastar una nueva rebelión judía dirigida por Bar Kocheba, que llevó a la diáspora, construyendo un muro defensivo en Britania. Antonino Pío (138-161), siguió una política pacifista a la vez que completó la red de calzadas. Con Marco Aurelio (161-180), y sobre todo con Cómodo (180-192), comenzaron los problemas, ya que se reinició la guerra contra los partos y los pueblos bárbaros marcómanos, lo que favoreció la propagación de una terrible epidemia de peste.
Culturalmente este fue el último período destacado de Roma con personalidades como Galeno en medicina y Suetonio con “Los doce césares”, Apuleyo con “El asno de oro”, Juvenal con sus “Sátiras” en las que cita la frase de “pan y circo”, y Marco Aurelio con sus “Soliloquios” en literatura.
A partir del 192 y hasta 476 podemos hablar del final de la civilización grecolatina. Con la subida al trono de Septimio Severo se inició la dinastía de los Severos, pero para ello tuvo que vencer en una nueva guerra civil entre 192 y 193. El imperio mostraba ya los primeros síntomas de agotamiento con los ataques de los bárbaros y con la expansión de la peste. Severo (192 -211) redujo los poderes del Senado en un intento de controlarlo, mientras que su hijo Caracalla (211-218) realizó la unidad jurídica del Imperio con la Constitución Antoniniana en 212.
Con sus sucesores Heliogábalo y Alejandro Severo la crisis se acentuó y alcanzó su punto álgido entre 235 – 283, en lo que se conoce como la crisis del siglo III. Fue tan grave que afectó a todos los aspectos: en política hubo 50 emperadores en 50 años; militarmente se impuso la dictadura, lo que llevó a la anarquía militar; en economía se redujo el comercio, aumentó la inflación y descendió el nivel de vida; en la cultura se produjo el final del período clásico, a la vez que se imponía progresivamente el cristianismo; en demografía la población descendió por la peste y la gente emigró de las ciudades al campo, iniciándose el colonato romano y decretándose la heredabilidad de los oficios.
Sin embargo, hubo intentos para salir de la crisis con Diocleciano (283-305), que creó el sistema de la tetrarquía, es decir cuatro emperadores: Diocleciano, Maximiano, Constancio Cloro y Galerio. Se llevó a cabo una reforma en el ejército, que se incrementó hasta 900.000 soldados y se aumentó el número de provincias a 101, agrupadas en 12 diócesis.
Constantino (305-337) acabó con el sistema derrotando al resto de los tetrarcas y decretando el Edicto de Tolerancia Religiosa en Milán (313), que supuso el fin de las persecuciones contra los cristianos, y el triunfo de esta religión. En 330 fundó una nueva capital en Constantinopla. El linaje de Constantino se mantuvo hasta 364, pero se caracterizó por las luchas internas entre sus hijos y nietos, que continuaron favoreciendo al cristianismo como religión imperial.
Los pueblos germánicos incrementaron la presión durante la época de Valente (364-379). En 375, los visigodos penetraron por el limes del Danubio empujados por los Hunos, y derrotaron decisivamente a las legiones en Adrianópolis (378), iniciando una serie de destructoras correrías por el interior del Imperio. Teodosio (379-395) logró contenerlos, apoyándose en el cristianismo al que convirtió en la religión del Estado, prohibiendo los cultos paganos en 391, permitiendo y fomentando la destrucción de la cultura y la pérdida del saber clásico. Para gobernar mejor el Imperio decidió dividirlo a su muerte entre sus dos hijos, con capitales en Roma y Constantinopla, que nunca más se volverían a unir.
Las invasiones, saqueos y destrucciones de los pueblos bárbaros, así como el aniquilamiento del mundo clásico por el cristianismo, supusieron la aceleración de la desaparición de la civilización y la cultura, que se perdieron durante este período, como por ejemplo sucedió con los incendios que sufrió la biblioteca de Alejandría entre 392 y 415, y los archivos romanos entre 410 y 455. En estos dos casos, Roma se vio saqueada tanto por los visigodos de Alarico, como por los vándalos de Genserico, ya que las grandes invasiones a través del Rhin habían comenzado en 406.
En 476 tuvo lugar el final definitivo del Imperio cuando Rómulo Augústulo, el último emperador romano, fue depuesto por Odoacro, un reyezuelo de la tribu de los Hérulos.
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